“La función del Jardín Maternal ¿Es necesario el Jardín a esta edad?”. Por Magdalena Fleitas

REVISTA MADRE HAY UNA SOLA | MAYO/JUNIO DE 2007

Cada vez que vienen papás a anotar a su hijito de 1 y 2 años al jardín, me preguntan por el tema de la necesidad de este espacio para los chicos chiquitos.

Mi respuesta es muy clara: a esta edad los chicos no necesitan ir al jardín.

La idea de que se “aburren” en casa viene en parte de la inseguridad de los papás o del bombardeo mediático de que hay que apurarse para estimular a los chicos. Hace algunos años no se planteaba la escolaridad tan temprana.

Es importante que los papás tomen conciencia de esto y que, si deciden mandar a su hijo al jardín, le ofrezcan un espacio donde se sienta querido, atendido y mimado personalmente. Son los primeros pasos fuera de casa, con maestros, otros chicos, en un espacio nuevo, con elementos desconocidos, consignas que entender y seguir, y todos los deseos y temores que se despiertan en ellos ante este mundo nuevo.

Cuanto más paulatina sea la adaptación mejor. No es necesario apurarse y es fundamental que la mamá esté conectada con las necesidades de su hijo para cuidarlo de la sobre adaptación, que es lo que suele suceder con todos los niñitos tratando de satisfacer a los adultos y a la vez atraídos por las propuestas, en una mezcla de curiosidad y ganas, con la exigencia de los jardines y el corazón oprimido. No exagero. En Risas a los papás les pedimos que entren a la sala, conozcan los juegos, aprendan las canciones, que estén cerca y hagan un vínculo con los maestros para transmitirles esta confianza a sus hijos. No es bueno que los chicos se queden llorando. Ese “ratito de llanto que se pasa”, con el que suele convencerse a los grandes, tiene un costo emocional muy alto para los chicos. Parte del trabajo del jardín es transmitirles a los papás qué es lo importante. ¿De qué sirve que su hijo reconozca los colores, las formas y sepa palabras en inglés si el costo emocional de adaptarse y repetir todo eso que le piden lo está rigidizando? Es un formato copiativo, donde se les pide a los chicos y a los papás que se adapten a un molde, tiempos, morisquetas y estereotipos infantiles. No quiero parecer demasiado insistente, pero este es el abordaje en general ofrecido por muchas instituciones y también lo que piden los papás pensando que eso es un correcto aprendizaje.

Cuando ven a sus hijos entrar contentos al jardín, cantando en casa las canciones que le gustan y canta con sus maestros. Cuando lo descubren aprendiendo a resolver situaciones de conflicto típicas de la edad: el compartir, los límites, el espacio propio y el ajeno, el darse cuenta de qué es lo que quieren y les pasa (hay que hablar idioma bebé, ¡se los aseguro!), el delicado equilibrio entre lo que quiero ya y el cuándo, cómo y dónde poder satisfacerlo, van comprendiendo cuál es el correcto aprendizaje. Los chicos y los adultos! Para esto se necesita mucha paciencia, escucha y educación en el diálogo.

Es importante que la maestra reciba a los papás. Que los escuche y que atienda eso que la mamá cuenta de su hijito. Que los grupos no sean numerosos y que haya un maestro aproximadamente cada 6 nenes. A esta edad si un chico está sensible, si tiene mocos, si tuvo un hermanito, si durmió mal o le duele la panza tiene que tener un maestro que lo atienda. Con upa, con mimos, con un juego o una canción. La posibilidad de esperar se va construyendo con la confianza de sentirse satisfechos y atendidos. Son chiquitos. No nos olvidemos de eso.

Además, cuando se les brinda la posibilidad a los papás de participar, realmente lo hacen y se sienten agradecidos. Y también aprenden a posicionarse ante las futuras instituciones llenas de exigencias.. Por ejemplo: que un nene de 2 años no llegue tarde al jardín aunque tenga que apurarse con su mamadera. Me pregunto: ¿dónde está la prioridad? Aunque le incomode a la maestra en su rutina diaria, debería ser la institución la que se adapte ante los tiempos de la familia. Y sin embargo, los papás se la pasan recibiendo retos.

Por supuesto que hay muchos jardines y propuestas alternativas y se trata de que la elección sea la adecuada dentro de lo posible, para que el jardín sea el primer puente al mundo de la mano de la familia. Un espacio así, entonces, es la primera matriz social de los chicos y es fundamental que sea una experiencia positiva y no de sobre adaptación. Esto se traslada para toda la vida y queda como una certeza de que abrise al mundo no es peligroso sino posible, que entrar en grupos nuevos no es algo hostil sino amable y enriquecedor.

“El mundo de los chicos se pinta más rosa de lo que es”.

REVISTA SOPHIA | DICIEMBRE DE 2007

Entrevista a Magdalena Fleitas. Por Agustina Rabaini

Magdalena Fleitas viajó por Latinoamérica buscando canciones y así forjó un estilo musical que rescata tradiciones en una mezcla divina de folclore y urbanidad que ahora reflejan sus discos. En buenos Aires, Fleitas dirige un jardín de infantes y desde allí afirma para quien quiera escuchar: “Música podemos hacer todos”.

Magdalena Fleitas es una voz autorizada a la hora de hablar sobre el mundo de los chicos y sus romances con la música. Consiguió algo casi imposible: que los chicos de ciudades como Buenos Aires, poco familiarizados con el folclore, se entusiasmaran con esa música. A los 36 años, lleva tiempo viajando con su banda a cuestas por la Argentina y otros países de Latinoamérica y en el camino grabó los discos “Risas de la Tierra” Y “Risas del Viento”, donde fusiona lo folclórico y lo urbano en canciones como para no parar de cantar y de bailar. En una casona de Palermo, Magdalena también dirige un jardín de infantes, “El jardín de Magda”, que propone un innovador proyecto educativo y en ese marco conversó con Sophia acerca del desafío de acompañar a los chicos a sentirse mejor escuchados en una etapa inicial y fundante de la infancia.

-¿Siempre supiste que querías dedicarte a esto?

-Sí, la música estuvo siempre y sabía que quería trabajar con chicos. Al principio, me especialicé en estimulación temprana y en trabajos con chicos que presentaban trastornos en el desarrollo. Con el tiempo, todo se fue encaminando: estudié músico terapia, me convertí en docente y viajé incansablemente. Fue un camino solitario, pero también pude tejer redes con pares y así fui haciendo camino al andar. Fui trabajando, no paré de moverme, y ahora miro para atrás y digo: “Uy, mirá la banda que armamos”

-¿Y el folclore?

– Escuchaba música folclórica desde chica. Mis padres tenían un fuerte compromiso social y viajaban a provincias del interior a misionar. Cuando empecé a viajar sola, visitaba escuelas y llevaba mi grabadorcito para hacer intercambios con los maestros y registrar las voces de los chicos. Así pude grabar los cantos de los chicos de la comunidad yamuní en el lago Titicaca. Fue tan maravilloso escucharlos… los chiquitos bolivianos cantan a grito pelado. Los ves tranquilitos, de alguna manera sumisos, y cuando cantan sale un huracán de adentro de la panza que te hace reír de la vitalidad que tienen. Pasan de a uno, hacen una circulación extraña de poesías y cuando terminan gritan: “¡Gracias!”.

-¿Tenés hijos o ganas de tenerlos?

-No todavía, pero después de tantos años de trabajar con bebés y niños, con mi pareja empezamos a pensar en esa posibilidad. Estoy en pareja con el compositor y escritor Luis Pescetti, y tener un hijo es parte de nuestro proyecto familiar. Con Luis hicimos un recorrido parecido: estuvimos muy volcados hacia fuera y ahora nos gustaría traer todo lo que conocemos del mundo de los niños a nuestra vida personal. Después de muchos años de trabajar con chicos, conozco las carencias de los bebés y las mamás que se van desgarradas a trabajar porque no tienen otra opción. Si quedara embarazada, estaría dispuesta delegar parte del trabajo.

Magdalena, que cumplió 36 años, creció en una familia donde las melodías flotaban en el aire: su bisabuelo era músico, y con sus cinco hermanos, primos y tíos cantan hasta el día de hoy en fiestas familiares. Se formó con los planteos de artistas que proponían la música desde un lugar muy expresivo y está convencida de que “música podemos hacer todos”

-¿Todos?

– La música fue sufriendo de ese mito que dice que para poder vivir estas experiencias, tenés que ser un dotado o un virtuoso, pero todos podemos cantar. Todos los niños escuchan la voz de la mamá, lo que canta la abuela, y esos sonidos terminan conformando un lenguaje muy afectivo. El que no canta en la ducha, canta en el auto, y los chicos van de la sala al patio cantando. La represión social hace que los adultos dejemos de cantar, pero cantar es muy liberador. A los papás les pido que se sienten a cantar, que pongan música y bailen con sus hijos.

-¿Qué opina de los concursos musicales de la tele?

-Algunos estandarizan la expresión musical: hay que cantar y bailar como la chica de High School Musical, y entre todos arman una especie de carrera de concursos. Lo positivo es que ahora muchos chicos andan con sus guitarras, van a talleres y realizan actividades musicales como parte de su currícula escolar. El crecimiento de la expresión musical en los últimos diez años es llamativo. No ocurre en todos los países.

-¿Qué aprendés vos de los chicos?

-Me asombra la relación directa que tienen con las cosas. Los grandes comos mentales, nos agotamos pensando y enojándonos. Los chicos tienen otro manejo de la energía, pasan angustias, miedos, inseguridades pero las viven desde lo emocional. Esta relación con el mundo tan conectada con las emociones y los deseos permite aprender mucho. Los grandes estamos sobre adaptados, nos olvidamos de lo que queremos. Para los chicos todos es nuevo, miran debajo de la mesa y desde allí sacan fotos de un mundo que nosotros ya no miramos.

-¿De qué manera los ayudás como musicoterapeuta?

-La musicoterapeuta es un abordaje terapéutico riquísimo, con muchos recursos para abrir puertas. Al crear, sacás afuera tus emociones, y eso que te dolía y enfermaba se hace música. Mediante las canciones, los chicos se vinculan directamente a lo afectivo, sacan sus tristezas, celos, miedos, dificultades y comparten su alegría. Es importante dejar que los chicos se detengan un instante a escuchar lo que les pasa y nombrarlo.

-¿Hay música para chicos?

– Sí, pero ese concepto a veces se infantiliza. La mirada de los chicos está tan llena de contradicciones como la nuestra. En general, se pinta el mundo de los chicos más rosa de lo que es, y ese es un prejuicio de los grandes. No vemos lo difícil que es crecer, cómo duele la panza, cómo incomoda asumir consignas y tener que compartir cuando no se está preparado. El mundo de los chicos es intenso y contradictorio, y las canciones tienen que abordar eso. Es importante que haya algunas que generen un clima íntimo e incluso triste. Una canción así puede ayudarlos a ver que a sus pares les pasan cosas parecidas.